Tan ordinarias que, a cada paso que daba, se le escapaban una por una, buscando formar parte de otro ser que nunca las hubiese pensado. Y así tambien volaban, hacia otros planetas, otros tiempos, las tragaban agujeros negros, y revivían más fuerte, como reencarnándose en el alma del usuario.
Se dice que así se formaron tantas grandes mentes, con requechos de pensares cocidos, un gran Frankenstein del rejunte de ideas de todo el mundo entero.
A él no le servían de nada. Si en algún momento le hubiese sido posible, las hubiese eliminado de su archivo sin vacilar ni un segundo, con la certeza de que nunca en su vida llegaría a arrepentirse de lo hecho.
Sólo a alguien tan común como a él se le hubiese imaginado lo que una tarde hizo. Sentado en su cama una tarde, sintiéndose ahorcado por la ordinaridad, puso el pie izquierdo sobre el suelo, y con eso comenzó su travesía hacia el bazar, en donde compró simplemente uno de esos cofres de juguete en donde las niñas suelen guardar sus maquillajes.
Tan pronto como lo tuvo en sus manos, su rostro se iluminó, y cantando una suave melodía, se fueron él y sus ideas a su casa...
Inconcluso.
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