De todas las acciones, los verbos, las canciones, los paisajes y espacios, universos, tiempos lugares y épocas, se sentía en paz sentada en su jardín, con su alma compañera a su lado, tocando la guitarra y mirando al cielo. De más está decir que para mirar el cielo mientras se usa una guitarra, se debe apoyar la espalda contra el húmedo césped (debe estar húmedo para que su aroma sea de esos inconfundibles y añorables). Así, con todo el mundo anestesiado bajo su control, con su vida tejida en un saco de sueños, sin lanas enmarañadas ni hilos mezclados, descansaba su alma en su jardín de 6 metros cuadrados.
En esos 6 metros cuadrados, ¡Seis metros!, disponía de su vida como si ella estuviese escrita en un libro, como si pudiera usar una goma para borrar preocupaciones, como si tuviera una lapicera mágica para inventarse lo que quisiera. De cuando en cuando solía dibujar y desdibujar las personas a su lado, nunca conforme con los bocetos, nunca conforme con las voces inventadas por su cerbero, ni por sus opiniones. Sólo bocetos. Nada más.
Es improbable que una persona se pueda conformar con bocetos, pero no imposible. Rara vez se la veía terminando un dibujo con colores, realizando todos los rasgos de su cara, siempre imperfectos, siempre debajo de lo que su guitarra le podía ofrecer.
Aun sentado su compañero a su lado, lo dibuja y desdibuja pero no termina de borrarlo totalmente. No puede salir de su vida. Toma color solo, como si fuera por arte de magia. Espera desconcertada qué cosa aparecería nueva en él. Espera, sin juzgar ni tomando iniciativa. Espera, sentada, tocando su guitarra, en un jardín de 6 metros cuadrados, a que el alma sentada a su lado se convierta en cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario